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martes, 8 de julio de 2014

LA CABALA HERMETICA EN EL RENACIMIENTO



LA CÁBALA CRISTIANA
FEDERICO GONZALEZ - MIREIA VALLS.


Ramón Llull (c.1232-c.1316) y Arnau de Vilanova (c.1238-c.1312)


Hay dos personajes de finales del medioevo que tendrán una importancia fundamental en el desarrollo de la Cábala hermético-alquímica del Renacimiento, de los que Manuel de Montoliu nos dice en la obra que les dedica y que justamente titula Ramón Llull i Arnau de Vilanova.

Un carácter común de universalidad hermana la figura de Ramón Llull con la de su contemporáneo Arnau de Vilanova. Tanto a uno como a otro la ambición intelectual los hace conocidos más allá de las fronteras de su patria, y en los dos se manifiesta un apasionado interés por todo lo que afecta a la espiritualidad de los pueblos de Occidente. Este anhelo de universalidad se manifiesta también por igual en los dos: son trotamundos incansables que se proponen sembrar sus ideas por los caminos de Europa.

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Sobre el sabio de Mallorca son innumerables los estudios que le han dedicado investigadores de las más diversas disciplinas, dadas las sorprendentes experiencias de su dilatada vida (c.1232-c.1316) y la amplitud de temas por los que se interesó y sobre los que escribió. Por eso, en una obra como ésta que ahonda en las formas de vehiculación del pensamiento universal y primigenio y en cómo dicho pensamiento se transmitió a través de la Cábala hermético-alquímica y cristiana durante el Renacimiento, no podemos dejar de poner la atención en un hombre que nació y vivió en las tierras de Sefarad, viajando también por todo el Mediterráneo, justo en aquel periodo en el que aún convivían en España las tres civilizaciones del Libro. Y donde por cierto la Cábala estaba alumbrando sus más jugosos frutos en los escritos de Moisés de León, Chiquitilla o Abulafia. En el hacer de Ramón Llull y en su obra poliédrica se esconden señales de la Sabiduría perenne que subyace tanto en el cristianismo como en el judaísmo y el islam, Sabiduría que Lulio sintetizó en su "Arte", presentándolo como un "método" aconfesional que enseñaba a pensar y que daba a cualquier ser humano las herramientas intelectuales para reconocer en su conciencia la compleja trama del universo. Él mismo explica que dicho Arte le fue revelado en lo alto del monte Randa, y que era una emanación directa de los principios inmutables y universales, lo que tradujo en el empleo de unos soportes de intelección igualmente arquetípicos: los del número y la letra. Esto explica la enorme influencia que tendrá su legado en la mágica atmósfera del Renacimiento, y no tanto en su época agonizante, en la que su propuesta fue más bien incomprendida y rechazada, y él tachado de excéntrico, abstruso e incluso loco.
Este complejo pensador de noble estirpe fue en su juventud senescal del rey Jaime I y se dedicó a la práctica de la poesía amorosa y cortesana, llevando una vida lisonjera y de placeres. Pero tras cinco visiones del Cristo en la cruz, abandona su familia, posesiones y prestigio social, y reorienta toda su existencia, encaminándola al estudio, la escritura y más adelante a la conversión de "infieles". Se lo ha visto como un gran místico, con largos períodos de vida eremítica, pero en otros momentos deviene un intrépido viajero, escritor incansable y diplomático que presenta su Arte ante doctores de las universidades de París y Montpellier, reyes y papas, con el firme propósito de promover una renovación de la civilización occidental desde sus cimientos, lo que implica comenzar por enderezar lo que pertenece al orden espiritual-intelectual. Empezamos citando de Frances Yates dos fragmentos de su obra Ensayos reunidos I. Lulio y Bruno porque nos ofrece una visión amplia de la ubicación de Llull dentro de la historia de las ideas de Occidente, así como de las fuentes de las que se alimentó:

En el siglo XIII, época del nacimiento de la escolástica, Lulio y su Arte ofrecen un canal por el cual corre otra tradición a lo largo de la época escolástica, el platonismo medieval, particularmente en las formas que provienen de Scotus Erígena, en las que hay alguna similitud con los modos de pensamiento cabalísticos. La filosofía de la expansión y la retracción de Erígena tiene más en común con el dinámico cabalismo que con el platonismo, puramente estático. El propio Lulio fue influido casi con seguridad por la Cábala que se desarrolló en España más o menos al mismo tiempo que su Arte. De hecho, el Arte se entiende quizá de mejor manera si se lo toma como una forma medieval de Cábala cristiana.

Y ya hacia el final del artículo matiza:
El problema de la Cábala en relación con Lulio empieza a tomar una forma ligeramente diferente. Deberíamos preguntar, no tanto si Lulio estuvo influido por la Cábala, sino si el cabalismo y el Lulismo, con su base escotiana, no son fenómenos de un tipo similar, nacidos uno en la tradición judía y otro en la cristiana, que aparecen ambos en España más o menos al mismo tiempo, y que podrían, por decirlo así, haberse alentado mutuamente engendrando ambientes similares, o tal vez empapándose mutuamente el uno al otro.

Lo que no contradice el hecho de que el mismo Llull reconozca haber tenido tratos con algunos sufis del Islam, y en lo que se refiere a la Cábala son bien significativos los datos apuntados por José Mª Millás Vallicrosa en su artículo "La doctrina luliana y la Cábala":
Sabemos que Llull mantuvo relaciones catequéticas con los judíos: en 30 de octubre de 1292, Jaime II le concedía licencia para predicar los sábados y domingos en las sinagogas, y los viernes y domingos en las mezquitas, y también sabemos que el Beato mantuvo amistosas relaciones con rabinos de Cataluña. En la obra que dedicamos últimamente a Llull hacíamos notar la existencia de una obra que Llull envió muy cortésmente a los célebres rabinos de Barcelona R. Salomó ben Adret y R. Aharón ha Leví, el primero de los cuales representaba entonces la primera autoridad canónica entre los judíos de la Corona de Aragón: pues bien, hemos de destacar ahora que ambos rabinos se inscriben como discípulos del citado místico R. Mose ben Nahmán o Nahmánides de Gerona.

Pero la cuestión no es tanto el detalle de si conoció a tal o cual personaje, sino descubrir que de los constantes contactos mantenidos con sabios y pensadores de otras tradiciones, así como del fruto de sus investigaciones y meditaciones, Llull identificó en las distintas vías iniciáticas (la Cábala, el esoterismo islámico e incluso el del cristianismo que aún vivía en la Orden del Temple) una unidad doctrinal entroncada con la Tradición Primordial, que él reformularía en ese destilado o extracto lógico-matemático que denominó el "Arte".

En esta compleja y extraordinaria arquitectura del pensamiento, Lulio asocia un número determinado de letras del alfabeto con nombres de Dios, a los que llama dignidades, y de cuyas relaciones y combinaciones deriva todo el orden del cosmos, constituyendo simultáneamente un soporte para la elevación del entendimiento por la escala de la conciencia. Tal como señala de nuevo Manuel de Montoliu en su libro citado anteriormente:

La obra filosófica que dio más fama a Ramón Llull, escrita en los primeros tiempos de su conversión, es el Ars Magna. Esta obra ha sido interpretada diversamente por los comentaristas. Entre ellos, los hay que opinan que no tiene otra razón de ser que una lucha contra el averroísmo (S. Bové); otros la interpretan como una manifestación refleja del teosofismo oriental (Keicher); algunos ven en ella un mecanismo combinatorio del arte de la argumentación, influido por la Cábala (Pranti); hay quien afirma que en el fondo no es más que un sistema de representación gráfica del silogismo (Littré); según otros, el Ars es una mecánica dialéctica que señala una anticipación en el proceso de degeneración de la lógica aristotélica (Guido Ruggiero). Un importante descubrimiento en el estudio del Ars fue el de la íntima relación que hay entre la concepción de este libro y la teoría luliana de las dignidades divinas y el simbolismo universal. Exteriormente se reduce a un mecanismo construido con figuras geométricas y círculos concéntricos representativos de la correspondencia y perfecta armonía de los tres órdenes de la existencia: Dios, hombre, mundo. En el punto central de estos círculos se encuentra la letra A que representa a Dios; alrededor y en la periferia del círculo están ordenadas otras dieciséis letras del alfabeto, representativas de otros tantos atributos o dignidades divinas. Cada uno de estos atributos está unido a la A central y a los otros atributos con rectas que convierten al círculo en un tejido complicadísimo de líneas entrecruzadas. Estos dieciséis atributos –que en escritos lulianos posteriores se reducen a nueve,– sirven para formar cuatro figuras principales y pueden ser combinados de 120 maneras. Si desnudamos la obra de este simbolismo, el Ars aparece como algo más que un simple mecanismo dialéctico; es también un ensayo de metafísica y un método deductivo que tiene por finalidad fundar sobre la unidad una ciencia universal y aplicable a todos los conocimientos. Los principios absolutos se identifican con las dignidades divinas y puesto que éstas no son conocidas más que por las huellas que han dejado en lo creado, el hombre debe elevarse progresivamente partiendo del mundo sensible, hasta descubrir a Dios (ascenso del entendimiento). Una vez contempladas las dignidades divinas, el entendimiento desciende otra vez hasta el mundo de la contingencia (descenso del entendimiento).


No es pues extraño identificar en el Arte que Llull va modelando a lo largo de sucesivas obras –Ars compendiosa inveniendi veritatem (1274), Ars demostrativa (1283), Ars inventiva veritatis (1290), Ars generalis ultima (1305) y finalmente Ars brevis (1308)–, muchas analogías con las especulaciones que los cabalistas medioevales expresaron a través de la simbólica del Arbol de la Vida, estructura viva del cosmos que se iba revelando en sus conciencias y que se sustenta igualmente en numeraciones (las 10 sefiroth) y en las 22 letras del alfabeto sagrado, de cuyas combinaciones se generan los Nombres divinos, además de ser un modelo en el que, como el de Lulio, subyace la geometría divina como una simbólica muy destacada (recordemos las divisiones del árbol en tres tríadas, tres columnas, cuatro mundos, la circularidad de las sefiroth, etc.).


Después de la revelación en 1274, Ramón Llull se entrega a un periodo de vida eremítica y contemplativa en el que no cesa de escribir, y que se prolongará hasta 1287, momento en el que decide viajar a Roma para presentar su "descubrimiento" ante el Papa, pero éste y la curia hacen oídos sordos a su propuesta. Se dirige entonces a la universidad de la Sorbona de París, donde igualmente es despreciado por los doctores, y entonces opta por lanzarse a la predicación solitaria por tierras tunecinas, donde ensaya la idea de reunir a varios sabios musulmanes para exponerles sus saberes, con el fin de que se operara una conversión y ulterior concordia. Pero allí de nuevo es menospreciado y tiene que huir a toda prisa, pasando de nuevo por Roma, París y también Barcelona, donde presenta al rey Jaime II no sólo la idea de utilizar el Arte con fines apologéticos sino la posibilidad de emprender la reconquista de Tierra Santa. Una y otra vez sus propuestas no coagulan, y embargado por el desconsuelo y la soledad, viaja a la ciudad de Bugía, donde no sólo será rechazado sino perseguido, encarcelado y lapidado, escapándose en un barco que naufraga y del que se salva de milagro. Al alcanzar Italia prosigue con sus intentos de difusión durante un tiempo más, y al final de sus días parece que retorna a su Mallorca natal, vilipendiado e incomprendido por casi todo el mundo. Mas los constantes desprecios y acosos no menguan un ápice las certezas espirituales que ha vivido y de las que ha ido dejando testimonio una y otra vez en sus centenares de escritos de naturaleza filosófica, teológica, científica, religiosa, apologética, enciclopédica, etc.

http://simbolismoyalquimia.com/cabala/ramon-llull.htm#texto

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