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jueves, 8 de mayo de 2014

EL HOMBRE MODERNO ANTE LAS INICIACIONES TRADICIONALES

El hombre moderno no cuenta con ninguna iniciación de tipo tradicional. Existen ciertos temas iniciáticos que sobreviven en el cristianismo; pero las diversas denominaciones cristianas no los consideran como poseedores de valores iniciáticos. Los rituales, imaginería y terminología tomados de los misterios de la antigüedad tardía han perdido su aura iniciática; durante quince siglos formaron una parte integral del simbolismo y ceremonial de la Iglesia.



Eso no significa que no hayan existido, ni que no sigan existiendo, pequeños grupos que intenten revivir el significado "esotérico" de las instituciones de la Iglesia católica. El intento del escritor J. K. Huysmans es el más conocido, pero no el único. Esos esfuerzos no han encontrado casi respuesta fuera de los círculos restringidos de escritores y ocultistas aficionados. Es cierto que durante los últimos treinta años, más o menos, las autoridades católicas han mostrado mucho interés en imágenes, símbolos y mitos. Pero se debe sobre todo al reavivamiento del movimiento litúrgico, al renovado interés en la patrología griega y a la cada vez mayor importancia concedida a la experiencia mística. Ninguna de esas tendencias fue iniciada por un grupo esotérico. Por el contrario, resulta evidente que la Iglesia de Roma tiene el mismo deseo que las Iglesias protestantes de vivir en la historia y de preparar a sus seguidores para enfrentarse a los problemas de la historia contemporánea. Aunque muchos sacerdotes católicos se muestran hoy en día más interesados en el estudio de los símbolos que hace treinta años, no es en el sentido en que Huysmans y sus amigos insistían, sino a fin de entender mejor las dificultades y crisis de sus feligreses. Ésa es la misma razón por la que tantos clérigos de las diversas denominaciones cristianas estudian y aplican el psicoanálisis.

Sin duda, hoy en día existe un número considerable de sectas ocultas, sociedades secretas, grupos pseudoiniciáticos, movimientos herméticos o neoespiritualistas, y otros por el estilo. La Sociedad Teosófica, la antroposofía, el neovedantismo, y el neo-budismo no son sino las expresiones más conocidas de un fenómeno cultural que tiene lugar en todo el mundo occidental. No se trata de un fenómeno nuevo.

El único movimiento “secreto” que exhibe una cierta consistencia ideológica, que ya cuenta con una historia y que disfruta de prestigio social y político es la francmasonería. El resto de las supuestas organizaciones son, en su mayor parte, recientes e improvisaciones híbridas y su interés es primordialmente sociológico y psicológico; ilustran la desorientación de una parte del mundo moderno, el deseo de hallar un sustituto de la fe religiosa. También ilustran la indómita inclinación hacia los misterios, lo oculto, el más allá..., una inclinación que es parte integral del ser humano y que puede hallarse en todas las épocas y en todos los niveles culturales.

No todas las organizaciones secretas, y esotéricas del mundo moderno incluyen ritos de entrada o ceremonias de iniciación. La iniciación suele reducirse a la instrucción obtenida de un libro (el número de libros y publicaciones iniciáticas que aparecen en el mundo es sorprendente). En cuanto a los grupos ocultistas que requieren de una iniciación formal, lo poco que se sabe de ellos demuestra que sus "ritos" son, o bien puras invenciones, o que están inspirados en ciertos libros que supuestamente contienen preciadas revelaciones concernientes a las iniciaciones de la antigüedad. Con frecuencia, esos llamados ritos iniciáticos denotan una pobreza espiritual deplorable. El hecho de que quienes los practican los consideren medios infalibles para alcanzar una gnosis suprema demuestra hasta qué punto el hombre moderno ha perdido todo sentido de lo que significa una iniciación tradicional. Pero el éxito de estas empresas también prueba una profunda necesidad humana de regeneración, de participación en la vida del espíritu. Desde un punto de vista, las sectas y grupos pseudoiniciáticos realizan una función positiva, ya que ayudan al hombre moderno a hallar un significado espiritual a su existencia drásticamente desacralizada. Un psicólogo podría incluso decir que la extremada falsedad de esos pretendidos ritos iniciáticos es de escasa importancia, ya que el hecho importante sería que la psique profunda del participante recupera un cierto equilibrio a través de ellos.

Los temas iniciáticos permanecen vivos sobre todo en el inconsciente del hombre moderno. Esa opinión viene confirmada no sólo por el simbolismo iniciático de ciertas creaciones artísticas -poemas, novelas, obras plásticas, películas-, sino también por su aceptación pública. Una aceptación tan masiva y espontánea demuestra, me parece a mí, que, en lo profundo de su ser, el hombre moderno sigue siendo capaz de dejarse impresionar por escenarios o mensajes iniciáticos. Es posible encontrar temas iniciáticos incluso en la terminología utilizada para interpretar dichas obras. Por ejemplo, tal o cual libro o película se diría que redescubre los mitos y pruebas del héroe en busca de la inmortalidad, que toca el misterio de la redención del mundo, para revelar los secretos de la regeneración a través de la mujer o el amor, y otras cosas por el estilo.

No resulta sorprendente que los críticos se muestren cada vez más atraídos por las implicaciones religiosas y, sobre todo, por el simbolismo iniciático de las obras literarias modernas. La literatura juega una parte importante en la civilización contemporánea. El mismo leer, como distracción y escape del presente histórico, constituye uno de los rasgos característicos del hombre moderno. Por ello no sólo es natural que el hombre moderno busque satisfacer sus necesidades religiosas suprimidas o inadecuadamente satisfechas, mediante la lectura de ciertos libros que, aunque en apariencia "seculares", de hecho contienen ciertas figuras mitológicas camufladas como personajes contemporáneos y que ofrecen escenarios iniciáticos bajo la apariencia de sucesos cotidianos.

La iniciación reside en el núcleo de cualquier vida humana genuina. Y eso es así por dos razones. La primera es que cualquier vida humana genuina implica crisis profundas, ordalías, sufrimiento, pérdida y reconquista del yo, "muerte y resurrección". La segunda es que, sea cual sea el grado de satisfacción que le haya reportado, en un cierto momento todo hombre considera su vida como un fracaso. Esta visión no surge de un enjuiciamiento moral acerca de su pasado, sino de la turbia sensación de que ha errado en su vocación; que ha traicionado lo mejor que había en él. En esos momentos de total crisis, sólo una esperanza parece ofrecer una salida: la esperanza de empezar a vivir de nuevo. Eso significa, en pocas palabras, que el hombre que experimenta dicha crisis sueña con una vida nueva, regenerada, totalmente realizada y significativa. Eso es diferente y bastante más que el oscuro deseo de toda alma humana de renovarse a sí misma periódicamente, de igual manera que se renueva el cosmos. La esperanza y el sueño de esos momentos de total crisis es obtener una renovado total y definitiva, una renovación capaz de transmutar la vida. Una renovación así es el resultado de toda conversión religiosa auténtica y genuina.

Pero las conversiones genuinas y definitivas resultan comparativamente escasas en las sociedades modernas. Para nosotros resulta muy significativo que incluso, a veces, los hombres no religiosos, en lo profundo de su ser, sientan el deseo de este tipo de transformación espiritual, que en otras culturas constituye el auténtico objetivo de la iniciación. No nos compete a nosotros determinar hasta qué punto las iniciaciones tradicionales satisfacían sus promesas. El hecho que nos importa es que proclamaban su intención y afirmaban contar con los medios para transmutar la vida humana. La nostalgia de una renovación iniciática que surge de manera esporádica desde lo más profundo del hombre moderno no religioso nos parece muy significativa. Da la impresión de representar la formulación moderna del eterno anhelo del hombre por hallar un significado positivo a la muerte, por aceptar la muerte como un rito de paso hacia un modo de ser más elevado. Si podemos afirmar que la iniciación constituye una dimensión específica de la existencia humana, es sobre todo porque sólo en la iniciación se otorga un valor positivo a la muerte. La muerte prepara el nuevo nacimiento netamente espiritual, un acceso a un modo de ser no sujeto a la acción destructora del tiempo.

Fuente: Mircea Eliade, Epílogo a “Birth and Rebirth”, traducido al español como “Nacimiento y renacimiento; el significado de la iniciación en la cultura humana” y también “Iniciaciones Místicas”.

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