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lunes, 25 de enero de 2010

UN MSTERIOSO LEGADO: JUAN IGNACIO BALADA LLABRÉS



Tacaño y estrambótico, inversor en Bolsa y apasionado del ocultismo, el millonario menorquín llevó el misterio hasta su testamento: la herencia cedida a los Príncipes puede ser un legado envenenado



En Ciutadella, la ciudad donde vive la aristocracia de Menorca, llena de palacios centenarios, no hay un edificio que despierte más curiosidad e interés estos días que la casa rosa de la plaza de Juan de Borbón. En ese edificio de dos plantas, casi a las afueras, se desarrolló con la mayor discreción el último acto de la vida de su vecino más famoso: Juan Ignacio Balada Llabrés, el menorquín que ha legado su fortuna a los hijos y nietos de los Reyes y ha dejado a su cargo la creación de una fundación con fines sociales.


El testamento del millonario menorquín está en manos de un abogado de Barcelona, Joan Viñas Vila, que no suelta prenda y que negocia estos días con un equipo legal de la Casa Real. Pero el de Balada puede ser un regalo envenenado para los Príncipes por el rechazo popular que ha provocado, aun antes de que se despejen los muchos interrogantes que plantea la herencia.
¿A cuánto asciende realmente el dinero amasado por Balada, que murió de cirrosis hepática el 18 de noviembre pasado, dos meses antes de cumplir los 70 años? ¿Por qué eligió a los Príncipes como beneficiarios de su fortuna, y por qué dejó escrita una cláusula que legaba sus bienes al Estado de Israel, caso de no aceptar su dinero la Casa Real? ¿Quién era este menorquín culto y distante, refinado y tosco a un tiempo, que ha sacudido hasta sus cimientos a la sociedad de Ciutadella?
El misterio rodea una parte importante de la vida de Juan Ignacio Balada, que pasó por el mundo casi de puntillas, sin dejar huella. Con un perfil social bajo, sin amores conocidos, quienes le trataron dicen que protegía su intimidad detrás de una barrera de cortesía. Aunque a tenor de lo que relatan amigos y vecinos, había al menos dos Baladas contrapuestos. El hombre huraño, que se vestía con ropa comprada en Cáritas, y el hombre refinado capaz de gastar millones de las antiguas pesetas por un piano de cola; el negociador duro y hasta grosero, y la persona cultivada que devoraba libros esotéricos y seguía la actualidad financiera en The Financial Times. El tipo agarrado que no pagaba nunca el café a los amigos y el que hacía regalos carísimos, como la vajilla de porcelana que le envió por su boda a la hija de uno de sus abogados, o las botellas de Moët & Chandon que llevaba a las reuniones en casa de su amiga Margarita Olives.
¿Quién era Balada realmente? ¿El rico caprichoso que gastó miles de euros en adquirir piezas del Concorde en la subasta que se celebró en Toulouse, en 2007? ¿Era el ciudadano compasivo que cedió una finca a los salesianos para que montaran colonias de verano para sus alumnos?
El padre Joan no quiere saberlo. Lo único que le importa a este salesiano es el futuro de una propiedad, el Binitalaiot. "Nos lo cedió, a petición nuestra, hace 19 años, y claro, tuvimos que arreglarlo, gastar bastante dinero para que pudieran ir los chicos", dice, mientras se despoja de la ropa litúrgica después de oficiar misa para dos docenas de ancianos en la iglesia de María Auxiliadora. La finca no era sólo de Balada. La propiedad era compartida con sus dos primas, Carmen y Pilar Arregui LLabrés. "¿Qué pasará ahora, con todo lo que gastamos?", se pregunta el religioso.
Es una incertidumbre que tienen pocos en Ciutadella, donde Balada no frecuentaba mucha gente. Aunque casi todo el mundo le conocía de vista, le había vendido algo o le había atendido detrás de una ventanilla. Es el caso de Miguel Marqués, ex empleado de la oficina donde el millonario tenía su cuenta bancaria. "Era un hombre muy educado, de esos que te dan veinte veces las gracias por no hacer otra cosa que cumplir con tu obligación", dice. Lo que no significa que apruebe su testamento. "No entiendo que le haya dejado el dinero a quien no lo necesita. Otra cosa es que se lo hubiera dejado a una ONG". O a la propia ciudad, castigada por la crisis.
Ciutadella está llena de placas y estatuas dedicadas a benefactores. Pero es evidente que Juan Ignacio Balada no buscaba aprobación. ¿Quería notoriedad post mórtem como apuntan algunos vecinos? No parece coherente en un tipo duro, capaz de negociar a cara de perro hasta el agotamiento. "Lo peor es que no miraba a los ojos", cuenta el dueño de una inmobiliaria que intentó comprarle en el año 2000 un pedazo de la finca del Camino de Mahón, donde estaba la fábrica de su padre. "No me recibió en su casa. Me citó en la fábrica, que estaba en ruinas, llena de basura y de ratas. Y no quiso vender". Tres años después vendió el solar, de más de 6.000 metros cuadrados, a una promotora de Ciutadella a cambio de 6,6 millones de euros.
Más bien corpulento, con gafas, el escaso pelo blanco, la imagen de Balada en las pocas fotografías recientes que circulan de él es la de una persona con cierta distinción. Un hombre de mirada decidida, acostumbrado a hacer su santa voluntad desde pequeño. Hijo único del valenciano Ramón Balada Matamoros y de la menorquina Catalina Llabrés Piris, Juan Ignacio Balada nació el 9 de enero de 1940 en Ciutadella. El padre tenía una fábrica de hielo y helados, y más tarde regentó un cine en la ciudad. La madre se quedó con la farmacia modernista de Ses Voltes. La familia vivía en la casa colindante. El joven Balada fue a estudiar a Barcelona, pero no terminó ninguna carrera. Aprendió, eso sí, a tocar el piano, y como pianista sacó dinero para sus gastos en la capital catalana.
Dicen que allí conoció a un hombre, llamado Moisés, que le introdujo en los misterios de las altas finanzas y quién sabe si también en los del esoterismo. Josep Pons Fraga, un periodista del diario Última Hora de Menorca que lo trató en los años finales, cuenta que tenía en su casa una biblioteca llena de libros de economía y de temas esotéricos. Entre ellos, Dogma y ritual de alta magia, de Eliphas Lévi, seudónimo del francés Alphonse Louis Constant, experto en la cábala que vivió en el siglo XIX, fue religioso y perteneció unos años a la masonería.
Cábala y masonería eran también, según casi todos los testimonios, dos intereses importantes de Balada. En su casa nueva, en la que se instaló a mediados de los noventa, colocó algunos símbolos masónicos, además de antigüedades familiares. Le acompañaban las balanzas antiguas de la farmacia, los platos de cerámica y viejos grabados de Colón en el momento de pisar la tierra del Nuevo Mundo. Se hizo instalar también un gimnasio. Y puso plantas y monolitos de piedra en el patio interior, por el que circulaban libremente los gatos. Gatos que no eran suyos, aunque él los alimentara. "Había tenido dos que se le murieron y no quiso tener más", cuenta un amigo.
Balada parecía mantener la misma relación de amor distante con el dinero. Dicen que le divertía apostar y ganar. Se atrevía con todo. Vendió en el momento justo acciones de la empresa alimentaria La Piara y de la salchichera Oscar Mayer. Vendió dos solares grandes cuando el boom de la construcción estaba a punto de estallar. Traía barcos de cemento de Rumania para las constructoras españolas, pero la gran fortuna la amasó con la especulación inmobiliaria.
"Invertía con mucha habilidad. Era un genio para los negocios. Decía que tenían que dar beneficios grassos, ¿me entiende?". El que habla es Julián Ticoulat, el hombre que le trató más estrechamente en los últimos años. Ticoulat, ex propietario de una inmobiliaria, vendió algunas fincas por encargo suyo y le escuchó mil veces el relato de sus éxitos financieros. Pese a la amistad que les unió, Ticoulat se ha quedado también fuera del testamento. Vive de su pensión de jubilado en una casa modesta, cerca del mar, con las paredes desconchadas, donde recibe a la periodista. "No siempre le salieron bien los negocios. Compró letras del Tesoro en los ochenta, pero Hacienda le multó por no declarar los intereses".
Ticoulat ve en el testamento de su amigo la confirmación de que pensaba lo que él mismo piensa, "que la Monarquía es una garantía de la unidad de España". Pero cree que había alguna razón más. "Un Matamoros, un antepasado de la familia paterna recibió prebendas importantes del rey, en América, en tiempos coloniales. Igual, Ignacio está devolviendo a la Corona lo que había recibido de ella a través de ese antepasado".
Balada, que hizo el servicio militar en El Aaiún, era un hombre que quería a su país, cuenta Ticoulat. "Aunque allí se cogió una hepatitis que no debió curarse bien. Yo le decía: ¡corcho!, pero ¿por qué no vas a que te vea el médico? No me hacía caso". Para entonces, la pasión por la Bolsa le dominaba. Sentado en el despacho de su casa, ante el ordenador, manejaba su mundo financiero. Acciones en empresas petrolíferas de Canadá y Rusia, en un negocio de instrumentos musicales en Chequia. También viajaba, casi siempre por negocios. Hasta que el hígado le avisó. Estuvo ingresado un tiempo en el hospital de Mahón. Luego regresó a su casa, pero apenas se movía. "Iba en silla de ruedas", recuerda Josefina Román, vecina de Balada. "Yo lo veía a través de las ventanas del salón cuando pasaba por delante de su casa. Allí estaba sentado, siempre ante el ordenador". Hasta el último día, el 18 de noviembre. Dos meses después se supo que Balada había hecho su última inversión, legar sus bienes a los descendientes del Rey. Ciutadella aún no lo ha digerido. -En Ciutadella, la ciudad donde vive la aristocracia de Menorca, llena de palacios centenarios, no hay un edificio que despierte más curiosidad e interés estos días que la casa rosa de la plaza de Juan de Borbón.En ese edificio de dos plantas, casi a las afueras, se desarrolló con la mayor discreción el último acto de la vida de su vecino más famoso: Juan Ignacio Balada Llabrés, el menorquín que ha legado su fortuna a los hijos y nietos de los Reyes y ha dejado a su cargo la creación de una fundación con fines sociales.
El testamento del millonario menorquín está en manos de un abogado de Barcelona, Joan Viñas Vila, que no suelta prenda y que negocia estos días con un equipo legal de la Casa Real. Pero el de Balada puede ser un regalo envenenado para los Príncipes por el rechazo popular que ha provocado, aun antes de que se despejen los muchos interrogantes que plantea la herencia.
¿A cuánto asciende realmente el dinero amasado por Balada, que murió de una enfermedad hepática el 18 de noviembre pasado, dos meses antes de cumplir los 70 años? ¿Por qué eligió a los Príncipes como beneficiarios de su fortuna, y por qué dejó escrita una cláusula que legaba sus bienes al Estado de Israel, caso de no aceptar su dinero la Casa Real? ¿Quién era este menorquín culto y distante, refinado y tosco a un tiempo, que ha sacudido hasta sus cimientos a la sociedad de Ciutadella?
El misterio rodea una parte importante de la vida de Juan Ignacio Balada, que pasó por el mundo casi de puntillas, sin dejar huella. Con un perfil social bajo, sin amores conocidos, quienes le trataron dicen que protegía su intimidad detrás de una barrera de cortesía. Aunque a tenor de lo que relatan amigos y vecinos, había al menos dos Baladas contrapuestos. El hombre huraño, que se vestía con ropa comprada en Cáritas, y el hombre refinado capaz de gastar millones de las antiguas pesetas por un piano de cola; el negociador duro y hasta grosero, y la persona cultivada que devoraba libros esotéricos y seguía la actualidad financiera en The Financial Times. El tipo agarrado que no pagaba nunca el café a los amigos y el que hacía regalos carísimos, como la vajilla de porcelana que le envió por su boda a la hija de uno de sus abogados, o las botellas de Moët & Chandon que llevaba a las reuniones en casa de su amiga Margarita Olives.
¿Quién era Balada realmente? ¿El rico caprichoso que gastó miles de euros en adquirir piezas del Concorde en la subasta que se celebró en Toulouse, en 2007? ¿Era el ciudadano compasivo que cedió una finca a los salesianos para que montaran colonias de verano para sus alumnos?
El padre Joan no quiere saberlo. Lo único que le importa a este salesiano es el futuro de una propiedad, el Binitalaiot. "Nos lo cedió, a petición nuestra, hace 19 años, y claro, tuvimos que arreglarlo, gastar bastante dinero para que pudieran ir los chicos", dice, mientras se despoja de la ropa litúrgica después de oficiar misa para dos docenas de ancianos en la iglesia de María Auxiliadora. La finca no era sólo de Balada. La propiedad era compartida con sus dos primas, Carmen y Pilar Arregui LLabrés. "¿Qué pasará ahora, con todo lo que gastamos?", se pregunta el religioso.
Es una incertidumbre que tienen pocos en Ciutadella, donde Balada no frecuentaba mucha gente. Aunque, en una localidad de 27.000 habitantes, casi todo el mundo le conocía de vista, le había vendido algo o le había atendido detrás de una ventanilla. Es el caso de Miguel Marqués, ex empleado del banco donde el millonario tenía una cuenta. "Era muy educado, de esos que te dan veinte veces las gracias cuando te has limitado a cumplir con tu obligación", dice. Lo que no significa que apruebe su testamento. "No entiendo que le haya dejado el dinero a quien no lo necesita. Otra cosa es que se lo hubiera dejado a una ONG". O a la propia ciudad, castigada por la crisis.
Ciutadella está llena de placas y estatuas dedicadas a benefactores. Pero es evidente que Juan Ignacio Balada no buscaba aprobación. ¿Quería notoriedad post mórtem como apuntan algunos vecinos? No parece coherente en un tipo duro, capaz de negociar a cara de perro hasta el agotamiento. "Lo peor es que no miraba a los ojos", cuenta el dueño de una inmobiliaria que intentó comprarle en el año 2000 un pedazo de la finca del Camino de Mahón, donde estaba la fábrica de su padre. "No me recibió en su casa. Me citó en la fábrica, que estaba en ruinas, llena de basura y de ratas. Y no quiso vender". Tres años después vendió el solar, de más de 6.000 metros cuadrados, a una promotora de Ciutadella a cambio de 6,6 millones de euros.
Más bien corpulento, con gafas, el escaso pelo blanco, la imagen de Balada en las pocas fotografías recientes que circulan de él es la de una persona con cierta distinción. Un hombre de mirada decidida, acostumbrado a hacer su santa voluntad desde pequeño. Hijo único del valenciano Ramón Balada Matamoros y de la menorquina Catalina Llabrés Piris, Juan Ignacio Balada nació el 9 de enero de 1940 en Ciutadella. El padre tenía una fábrica de hielo y helados, y más tarde regentó un cine en la ciudad. La madre se quedó con la farmacia modernista de Ses Voltes. La familia vivía en la casa colindante. El joven Balada fue a estudiar a Barcelona, pero no terminó ninguna carrera. Aprendió, eso sí, a tocar el piano, y como pianista sacó dinero para sus gastos en la capital catalana.
Dicen que allí conoció a un hombre, llamado Moisés, que le introdujo en los misterios de las altas finanzas y quién sabe si también en los del esoterismo. Josep Pons Fraga, un periodista del diario Última Hora de Menorca que lo trató en los años finales, cuenta que tenía en su casa una biblioteca llena de libros de economía y de temas esotéricos. Entre ellos, Dogma y ritual de alta magia, de Eliphas Lévi, seudónimo del francés Alphonse Louis Constant, experto en la cábala que vivió en el siglo XIX, fue religioso y perteneció unos años a la masonería.
Cábala y masonería eran también, según casi todos los testimonios, dos intereses importantes de Balada. En su casa nueva, en la que se instaló a mediados de los noventa, colocó algunos símbolos masónicos, además de antigüedades familiares. Le acompañaban las balanzas antiguas de la farmacia, los platos de cerámica y viejos grabados de Colón en el momento de pisar la tierra del Nuevo Mundo. Se hizo instalar también un gimnasio. Y puso plantas y monolitos de piedra en el patio interior, por el que circulaban libremente los gatos. Gatos que no eran suyos, aunque él los alimentara. "Había tenido dos que se le murieron y no quiso tener más", cuenta un amigo.
Balada parecía mantener la misma relación de amor distante con el dinero. Dicen que le divertía apostar y ganar. Se atrevía con todo. Vendió en el momento justo acciones de la empresa alimentaria La Piara y de la salchichera Oscar Mayer. Vendió dos solares grandes cuando el boom de la construcción estaba a punto de estallar. Traía barcos de cemento de Rumania para las constructoras españolas, pero la gran fortuna la amasó con la especulación inmobiliaria.
"Invertía con mucha habilidad. Era un genio para los negocios. Decía que tenían que dar beneficios grassos, ¿me entiende?". El que habla es Julián Ticoulat, el hombre que le trató más estrechamente en los últimos años. Ticoulat, ex propietario de una inmobiliaria, vendió algunas fincas por encargo suyo y le escuchó mil veces el relato de sus éxitos financieros. Pese a la amistad que les unió, Ticoulat se ha quedado también fuera del testamento. Vive de su pensión de jubilado en una casa modesta, cerca del mar, con las paredes desconchadas, donde recibe a la periodista. "No siempre le salieron bien los negocios. Compró letras del Tesoro en los ochenta, pero Hacienda le multó por no declarar los intereses".
Ticoulat ve en el testamento de su amigo la confirmación de que pensaba lo que él mismo piensa, "que la Monarquía es una garantía de la unidad de España". Pero cree que había alguna razón más. "Un Matamoros, un antepasado de la familia paterna recibió prebendas importantes del rey, en América, en tiempos coloniales. Igual, Ignacio está devolviendo a la Corona lo que había recibido de ella a través de ese antepasado".
Balada, que hizo el servicio militar en El Aaiún, era un hombre que quería a su país, cuenta Ticoulat. "Aunque allí se cogió una hepatitis que no debió curarse bien. Yo le decía: ¡corcho!, pero ¿por qué no vas a que te vea el médico? No me hacía caso". Para entonces, la pasión por la Bolsa le dominaba. Sentado en el despacho de su casa, ante el ordenador, manejaba su mundo financiero. Acciones en empresas petrolíferas de Canadá y Rusia, en un negocio de instrumentos musicales en Chequia. También viajaba, casi siempre por negocios. Hasta que el hígado le avisó. Estuvo ingresado un tiempo en el hospital de Mahón. Luego regresó a su casa, pero apenas se movía. "Iba en silla de ruedas", recuerda Josefina Román, vecina de Balada. "Yo lo veía a través de las ventanas del salón cuando pasaba por delante de su casa. Allí estaba sentado, siempre ante el ordenador". Hasta el último día, el 18 de noviembre. Dos meses después se supo que Balada había hecho su última inversión, legar sus bienes a los descendientes del Rey. Ciutadella aún no lo ha digerido.
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Fuente: El País

1 comentario:

Josep Enric dijo...

El padre de Juan Ignacio Balada no era valenciano. Era de Alcanar, Tarragona, donda aún viven seis primas hermanas y una ahijada de Juan Ignacio.