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jueves, 18 de junio de 2015

LA SIMBOLICA DE LA FRANC-MASONERIA

FRANCISCO ARIZA


En esta revista dedicada a la simbólica universal, no podían faltar algunas reflexiones sobre el importante simbolismo de la Masonería, la cual representa, junto a la tradición Hermética-Alquímica, la única vía iniciática no religiosa que pervive todavía en Europa y su área cultural de influencia. Y esto es así a pesar de que en la actualidad bastantes masones no conocen, o al menos conocen de forma muy limitada, el carácter simbólico e iniciático de su Orden. Algunos llegan incluso a negar ese aspecto esencial de la misma, creyendo que ésta sólo persigue fines sociales y filantrópicos. Incluso hay otros que sólo ven en la riqueza simbólica de la Masonería una fuente inagotable en donde alimentar sus propias fantasías "ocultistas", tan de moda hoy día. Sin duda, esta suplantación de los verdaderos fines de la Masonería y, por consiguiente, la infiltración de las "ideas" profanas, sólo podía suceder en una época que, como la nuestra, vive sumida en la más profunda oscuridad intelectual y espiritual como nunca se había conocido hasta ahora. 

Debemos aclarar que aquí se va a hablar de la Masonería tradicional, es decir, de aquélla que mantiene vivos y permanentes, a través de los símbolos, los ritos y los mitos los lazos con las realidades cosmogónicas y metafísicas emanadas de la Gran Tradición Primordial, de la que la Masonería es (en verdad) una ramificación. A nuestro entender, y considerada de esta manera, la Masonería, al igual que cualquier otra organización tradicional, ofrece al hombre caído e ignorante los elementos necesarios para llevar a cabo su propia regeneración y evolución espiritual.

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La estructura simbólica y ritual de la Masonería reconoce numerosas herencias procedentes de las diversas tradiciones que se han ido sucediendo en Occidente durante al menos los últimos dos mil años. Y este hecho, lejos de aparecer como un mero sincretismo, revela en esta Tradición una vitalidad y una capacidad de síntesis y de adaptación doctrinal que le ha valido el nombre de "arca tradicional de los símbolos". Todas esas herencias se han ido integrando con el transcurso del tiempo en el universo simbólico de la Masonería, amoldándose a su propia idiosincrasia particular. Procediendo de una tradición de constructores, no debe resultar extraño que la Masonería cumpla con la función de arca receptora, pues precisamente la construcción o edificación no tiene otra función que la de poner "a cubierto" o "al abrigo" de la intemperie o inclemencia del tiempo; pero, análogamente, cuando la construcción se entiende como algo sagrado -y este es el caso-está claro que ésta no hace sino proteger, y separar, del mundo profano (las tinieblas exteriores) todo aquello que corresponde al dominio estrictamente espiritual y metafísico. Por otro lado, este es precisamente el papel de los símbolos que aluden a las ideas de receptividad y concentración, como la misma arca, la copa, la caverna o el templo. 

Siendo, como hemos dicho, una vía iniciática de orígenes artesanales, la Masonería ha tenido una especial sensibilidad hacia todas las corrientes tradicionales con las que ha entrado en contacto. Así, de entre esas corrientes merecen destacarse, además del Hermetismo, las que proceden del Cristianismo, del Judaísmo y de la antigua tradición greco-romana, y más concretamente del Pitagorismo. También podríamos mencionar a la todavía más antigua tradición egipcia, sobre todo en lo que se refiere a los símbolos cosmogónicos relacionados con la construcción, pues, como es sabido, el antiguo Egipto es en realidad uno de los centros sagrados de donde surgió gran parte del saber que contribuyó a conformar, con su influencia sobre los filósofos griegos, la concepción del mundo propia de la cultura occidental. De todas formas, la herencia egipcia se transmite a la Masonería a través fundamentalmente de la Alquimia hermética y del Pitagorismo. 

Sin embargo, de esto que decimos no debe concluirse que la Masonería sea el "resultado" de la confluencia de todas esas tradiciones. Si así fuera, la Masonería vendría a ser una especie de collage o museo arqueológico donde tendrían cabida todas las reliquias del pasado encontradas aquí y allá, y catalogadas según la antigüedad respectiva de cada una de ellas. Evidentemente no queremos decir eso cuando hablamos de la herencia multisecular recibida por la Masonería. Cada tradición es legitimada y conformada por una "revelación" de orden divino acaecida, valga la paradoja, en un tiempo mítico, a-histórico y a-temporal.1 

Dicha revelación es "única" para cada forma tradicional, que se constituye a partir de ella dándole su "sello" o "marca" particular, su estructura, y por tanto una función y un destino que cumplir en el escenario del tiempo de la historia. Otra cosa es que, por las circunstancias que fueren, una tradición reciba de otra (u otras) determinadas influencias por contacto o similitud, lo que muchas veces ha sido inevitable y hasta necesario. Pero de ninguna manera quiere esto decir que una tradición se "transforme" en otra, pues, como ocurre con cualquier ser vivo, cada una comprende un nacimiento, un desarrollo, una madurez, y finalmente una muerte. Aquello que se ha dado en llamar la "Unidad Trascendente de las Tradiciones", es bien distinto a una simple "uniformidad". Significa, fundamentalmente, que todas y cada una de ellas procede de una fuente única (la Tradición Primordial), que se manifiesta no en la forma o ropaje que puedan adoptar por circunstancias de tiempo y de lugar, sino precisamente en lo que constituye la "sabiduría perenne" contenida en el núcleo más interno y central de cada tradición. Lo que ocurre con respecto a la Masonería es que ésta no posee un carácter religioso, lo cual ha hecho posible su adaptación a todas las tradiciones, religiosas o no, con las que se ha relacionado a lo largo de la historia. Su simbólica iniciática, referida al arte de la construcción, entre otras cosas le ha servido de cobertura protectora, al mismo tiempo que le ha permitido amoldarse a cualquier "dogma" religioso o exotérico sin entrar en conflicto con él. 

Un ejemplo de esto lo tenemos en las relaciones que durante toda la Edad Media occidental mantuvo la Masonería con el poder eclesiástico y con las diversas organizaciones iniciáticas del esoterismo cristiano. Por otro lado, si la Masonería, con ese espíritu de fraternidad y tolerancia que le caracteriza, no hubiera acogido en su seno esas diversas herencias, con toda seguridad éstas se habrían perdido definitivamente. Y es posiblemente esa capacidad receptora la que ha contribuido a fomentar esa ilusión de sincretismo que erróneamente algunos le adjudican. Empero, es todo lo contrario, pues la Masonería al "reunir lo disperso" no ha hecho sino conservar en sus estructuras simbólico-rituálicas la "memoria" de esas múltiples herencias, cumpliendo con ello un papel "totalizador" que tiene su razón de ser (y una razón de ser profunda) en este final de ciclo que estamos viviendo. En este sentido, y al igual que en el "arca" de Noé fueron encerradas, para que no perecieran, todas las "especies" que debían ser conservadas durante el cataclismo intermedio entre dos periodos cíclicos; el "arca" masónica también acoge todo lo que de válido debe conservarse hasta que a su vez el ciclo presente finalice, y que constituirá los "gérmenes" espirituales que se desarrollarán durante el transcurso del ciclo futuro. Precisamente, esta función recapituladora asumida por la Masonería tradicional hace pensar que ésta subsistirá hasta la consumación del ciclo, lo que por otro lado, y como señala un autor masón, "... está expresado simbólicamente por la fórmula ritual según la cual la Logia de San Juan está en el valle de Josafat", que, añadimos, es donde simbólicamente tendrá lugar lo que en el Cristianismo se denomina el "Juicio Final"2. En el mismo sentido, también se dice que la Logia masónica permanece "... en la más alta de las montañas y en el más profundo de los valles", aludiendo con ello al comienzo del ciclo (cuando el Paraiso se encontraba en la cima de la montaña del Purgatorio) y a su final (cuando la Verdad del conocimiento, representada por el estado edénico, "replegándose" en sí misma se ha hecho invisible a la mayoría de los hombres, ocultándose en el "mundo subterráneo"). Habría que decir, para completar esta simbólica cíclica, que el valle se corresponde con la caverna, la cual al estar en el interior de la montaña se sitúa por ello sobre un mismo eje que conecta la cúspide de la una con la base de la otra, uniendo de esta manera lo más "alto" (el principio) con lo más "bajo" (el final). 

Dicho esto, que creemos ha sido necesario para aclarar ciertas confusiones que existen en torno a la Masonería, intentaremos explicar a continuación algunas de esas herencias simbólicas que esta Orden ha recibido de otras formas tradicionales, aún vigentes o ya desaparecidas. Del Hermetismo la Masonería recoge, en parte, la riqueza de la simbólica alquímica, que incluye las enseñanzas y vivencias de los procesos de transmutación psicológica que llevan del estado profano a la realización espiritual El simbolismo de los elementos, relacionados con las energías purificadoras de la naturaleza, es de suma importancia en el rito de la iniciación masónica. En este sentido, la "Cámara de Reflexión" masónica viene a ser lo mismo, y cumple idéntica función simbólica que el athanor hermético: un espacio cerrado e íntimo donde se producen los cambios de estados regenerativos ejemplificados por la gradual "sutilización" de la materia densa y caótica del compost alquímico. Igualmente, los diversos objetos simbólicos que se encuentran en la "Cámara de Reflexión" son casi todos de origen alquímico y hermético, como por ejemplo las tres copas conteniendo azufre, mercurio y sal, sin olvidar las siglas V.I.T.R.I.O.L.3, y la banderola con las palabras "Vigilancia y Perseverancia", las cuales aluden al estado de vigilia permanente y paciencia de que debe armarse el alquimista en sus operaciones. Por otro lado, existen interesantísimas analogías entre el proceso de transmutación de la "materia caótica" alquímica y el desbastado de la "piedra bruta" en la Masonería, por lo que puede hacerse una trasposición totalmente coherente entre el simbolismo alquímico y el simbolismo constructivo y arquitectónico. Asimismo, la iniciación hermético-alquímica está presente por igual en los tres grados masónicos de aprendiz, compañero y maestro, que reproducen las tres etapas de la "Gran Obra", las que incluyen una muerte, un renacimiento y una resurrección, respectivamente. En fin, las leyes herméticas de las correspondencias y analogías entre el macro y el microcosmos están resumidas y sintetizadas en el esquema general del templo o Logia masónica, verdadera imagen simbólica del mundo. 

Si la Tradición hermética ha dejado la impronta de su huella en la Masonería, la del Pitagorismo no es desde luego menos importante, y hasta podríamos decir que es, junto al judeo-cristianismo, una de las más significativas, hasta el punto que no es posible comprender lo que es la Masonería sin esa referencia pitagórica. En efecto, numerosos símbolos masónicos denotan su procedencia pitagórica, o en todo caso muestran una identidad palpable con algunos de los símbolos más importantes de la cofradía fundada por el maestro de Samos. Tal es, por ejemplo, la conocida "estrella pentagramática" o pentalfa, de suma importancia en la simbólica del grado de compañero (donde recibe el nombre de "estrella flameante"), y que los pitagóricos consideraban como su signo de reconocimiento y un emblema del hombre plenamente regenerado. 
Pero es en la aritmética sagrada, es decir en la simbólica de los números en su vertiente cosmogónica y metafísica, donde se observa más claramente esa presencia del pitagorismo en la Masonería. Ambas tradiciones ponen el acento en el sentido cualitativo de los números, por lo demás estrechamente vinculado al simbolismo geométrico, el que a su vez está directamente relacionado con la construcción del templo exterior y del templo interior. En este sentido, debe señalarse que en el frontón de la Academia de Atenas Platón hizo grabar una inscripción que rezaba: "Que nadie entre aquí si no es geómetra", sentencia que unánimemente se atribuye a los pitagóricos, y que podría estar grabada perfectamente en el pórtico de entrada a la Logia masónica. Asimismo la Unidad o Mónada divina estaba simbolizada entre los pitagóricos por Apolo, el dios geómetra primordial que mediante la "ley invariable del número", que extrae de los acordes musicales de su lira, establece el modelo o prototipo por el que se rige la armonía de la vida universal. ¿Y no es, en el fondo, el Gran Arquitecto masónico, que con la escuadra y el compás determina la estructura y los límites del cielo y de la tierra, lo mismo que el Apolo pitagórico? 

En lo que se refiere al Cristianismo, es indudable que de él proceden numerosos e importantes elementos doctrinales integrados en la simbólica y el ritual masónicos. Desde luego esta integración se vió favorecida por la convivencia que durante prácticamente todo el Medioevo mantuvieron los gremios de constructores con las órdenes monásticas y de caballería, especialmente los templarios. Cuestionar o desconocer este aspecto cristiano tanto de la antigua como de la actual Masonería, es privar a ésta de una parte esencial de su propia identidad tradicional, además de demostrar con ello una ignorancia completa sobre el esoterismo cristiano, que es precisamente el que en gran medida ha recogido la Orden masónica. Sólo un dato, por lo demás sumamente significativo: los santos patrones y protectores de la Masonería son los dos San Juan, el Bautista y el Evangelista, y como ya se ha dicho la Logia es denominada "Logia de San Juan". 

A la presencia hermética, pitagórica y cristiana, habría que añadir la de la tradición judía, surgida del tronco de Abraham al igual que el Cristianismo y el Islam. La tradición hebrea ha transmitido a la Masonería fundamentalmente los misterios relativos a las "palabras de paso" y a las "palabras sagradas", todas ellas procedentes del Antiguo Testamento, si bien es verdad que también se encuentran palabras y nombres sagrados de origen cristiano, concretamente en los que se denominan los "altos grados" masónicos. En cierto modo, en la Masonería confluyen la Antigua Alianza y la Nueva Alianza, lo que conforma el judeo-cristianismo, el cual se constituyó en una sola tradición durante los periodos más florecientes de la Edad Media. No es ninguna exageración afirmar que esa constitución fue posible gracias a la propia Masonería operativa, que en este sentido desempeñó una auténtica labor de "puente", y muy especialmente en lo que se refiere al ámbito de la construcción y la arquitectura. 

Como más adelante tendremos ocasión de señalar, las palabras de paso y las palabras sagradas se relacionan con la búsqueda de la "Palabra perdida", búsqueda que concentra en gran parte el trabajo de investigación simbólica del masón. Igualmente la concepción simbólica de la Logia -como el templo cristiano-, está basada en el diseño geométrico del templo de Jerusalén (o de Salomón), y el arquitecto que dirigió las obras de dicho templo, el maestro Hiram, pasa por ser uno de los míticos y legendarios fundadores de la Masonería.4 

Después de este cuadro general en el que muy someramente hemos apuntado, a nuestro juicio, las más significativas influencias tradicionales presentes en la Masonería, vamos a ver a continuación, sobre el plano de la historia, de qué forma esas influencias penetraron y se convirtieron en parte constitutiva de esta tradición. Y si bien aquí no tratamos específicamente de historia de la Masonería, pensamos que traer a la memoria ciertos hechos históricos tal vez podría hacernos comprender más en profundidad algunos símbolos masónicos que, en efecto, se fraguaron a la luz de esas múltiples herencias. Por lo demás, la historia es también una simbólica sagrada ligada al devenir cíclico y al destino de los hombres y las civilizaciones. 
  
Debemos situarnos, pues, en esa época crucial de la historia de Europa y Occidente que indudablemente fue la Edad Media. Allí encontramos a los gremios, o agrupaciones de constructores conocidos como los free-masons o franc-masones, que al estar exentos del impuesto de franquicia podían viajar y desplazarse libremente por todos los países de la cristiandad. De esa libertad de movimiento les venía dado, en parte, el nombre de "franc-masones", que quiere decir "albañiles, o constructores, libres". Decimos "en parte", porque, como muy acertadamente escribe Christian Jacq: "El franc-masón es el escultor de la piedra franca, es decir, de la piedra que puede ser tallada y esculpida... El 'masón franco' es sobre todo el artesano más hábil y más competente, el hombre que es libre de espíritu y que se libera de la materia por su arte... En numerosos textos medievales, el franc-masón es opuesto al simple albañil, que no conocía la utilización práctica y esotérica del compás, la escuadra y la regla". Así, pues, esos "masones francos" poseían sus misterios iniciáticos, y sus técnicas del oficio, relacionadas con la construcción, expresaban en el orden concreto de las cosas la realización efectiva de esos misterios. 

En gran medida, esas técnicas los masones operativos las habían heredado directamente de los Collegia Fabrorum romanos, es decir, de las agrupaciones de constructores y artesanos cuyos orígenes se remontaban al legendario rey Numa. Al igual que ocurrió con la Masonería, Los Collegia Fabrorum también recogieron la herencia simbólica de tradiciones desaparecidas, la más notable de las cuales fue la tradición Etrusca, cuya cosmología pasó al Imperio Romano por el conducto de esos colegios. Es interesante resaltar que los Collegia Fabrorum veneraban muy especialmente al dios Jano Bifronte, llamado así porque poseía dos rostros, uno que miraba a la izquierda (a Occidente, el lado de la oscuridad), y otro a la derecha (a Oriente, el lado de la luz), abarcando de esta manera el mundo entero. Si bien el simbolismo perteneciente a esta divinidad romana es bastante complejo, no obstante se sabe con seguridad que estaba relacionada con los misterios iniciáticos, concretamente con los ritos de "pasaje" o de "tránsito". En la Masonería operativa medieval esos mismos atributos pasaron a formar parte de los dos San Juan, cuyo nombre es idéntico al de Jano. Más, a través de los Collegia romanos, la Masonería recibió (entre otras fuentes de procedencia diversa) la cosmología de los pitagóricos, basada, como ya se ha mencionado, en las correspondencias simbólicas de los números y la geometría, ciencias y artes sagradas que precisamente tienen en la arquitectura sus aplicaciones más perfectas. Entre los personajes conocidos que facilitaron esa labor de transmisión de la cosmología pitagórica (y también platónica) al Medioevo, merece destacarse, en el siglo VII, a Boecio, llamado el "último de los romanos" y autor de la Consolación de la Filosofía. Los estudios de Boecio sobre astronomía, geometría, aritmética y música, fueron realmente decisivos para el enriquecimiento de las "siete artes liberales", divididas en el trivium y el cuadrivium, de suma importancia en las enseñanzas de la masonería operativa. Por otro lado, la filosofía de Boecio influyó notoriamente en la literatura y el pensamiento esotérico de la Masonería tradicional de los siglos XVIII y XIX, por ejemplo en autores como Louis Claude de Saint Martin y José de Maistre. 

Siguiendo con este orden de ideas, existió una leyenda difundida entre los masones de habla inglesa, según la cual un tal Peter Grower, originario de Grecia, trajo a los países anglosajones determinados conocimientos relativos al arte de la construcción. Algunos autores, entre ellos René Guénon, afirman que este personaje, Peter Grower, no era sino el mismo Pitágoras, o mejor dicho, la ciencia de los números y la geometría que a través de los pitagóricos se introdujeron en las islas británicas, al mismo tiempo que en todo el continente. En el mundo de la Tradición muchas veces los nombres de las personas, bien históricas o legendarias, designan, más que a esos personajes mismos, a los conocimientos que ellos vehicularon y que con frecuencia se transmitieron por el conducto de las escuelas o cofradías que fundaron. Es lo que en cierto modo ocurre también con el matemático griego Euclides, que es mencionado en los "Antiguos Deberes" -Old Charges-, los cuales representan una serie de documentos y escritos de la Masonería operativa donde fueron plasmados algunos eventos relacionados con la historia sagrada de la Orden masónica. En uno de esos documentos, el manuscrito Regius, se hace alusión a Euclides como el "padre" de la geometría, recalcándose que ésta no designa sino a la propia Masonería. En otros manuscritos se dice que el mismo Euclides fue discípulo de Abraham, lo que desde el punto de vista de la cronología histórica es un verdadero sin sentido, pues como se sabe Euclides vivió en Egipto durante el siglo III a. C., y Abraham dos mil años antes, aproximadamente. Pero, teniendo en cuenta que se trata de historia sagrada, y no simplemente profana, lo que en verdad se quiere significar con esta leyenda es que Euclides fue el discípulo que recibió el saber que el Patriarca encarnaba, y que no era otro que el monoteísmo hebraico en su expresión cosmogónica y metafisica.5 

Resumiendo, en realidad todo esto alude a una transmisión de carácter sagrado efectuada de la tradición judía a la Orden masónica, lo que equivale a una auténtica "paternidad espiritual". 

Sea como fuere, el legado de la cosmología greco-romana unida a la espiritualidad cristiana, dio como resultado la creación de la catedral gótica, edificada por los gremios de constructores. Una catedral, o un monasterio, es un compendio de sabiduría; en ella, grabada en la piedra, se plasman todas las ciencias y todas las artes, así como los diferentes episodios bíblicos que conforman la historia de la tradición judeo-cristiana. Allí aparecen los diversos reinos de la naturaleza, el mineral, el vegetal, el animal y el humano, lo mismo que las jerarquías angélicas que circundan el trono donde mora la deidad. Todo ello convierte la catedral en un libro de imágenes y símbolos herméticos reveladores de la estructura sutil y espiritual del cosmos. Esas columnas que se elevan verticalmente hacia otro espacio, uniendo la parte inferior (la tierra) a la superior (el cielo), esos arcos y bóvedas que semejan cristalizaciones de los movimientos circulares generados por los astros, esa luz solar que al penetrar a través del colorido polícromo de los vitrales se transforma en un fuego sutil que todo lo inunda; todo ello, decimos, nos permite reconocer la existencia de un espacio y un tiempo sagrados y significativos. Este conjunto de equilibrios, módulos y formas armoniosas (que por reflejar la Belleza de la inteligencia divina se constituye en "resplandor de lo verdadero", como diría Platón) se genera a partir de un punto central, que a su vez es el "trazo" de un eje vertical invisible, pero cuya presencia es omnipresente en todo el templo. Este punto central no es otro que el "nudo vital" que cohesiona el edificio entero, y donde confluye y se expande, como si de una respiración se tratara, toda la estructura del mismo. Dicho "nudo vital" era bien conocido por los maestros de obra, que veían su reflejo en el ombligo, sede simbólica del "centro vital" del templo-cuerpo humano. Esa estructura del cosmos-catedral, imperceptible a los sentidos ordinarios, se percibe no obstante, gracias a la intuición intelectual y a las formas visibles del cielo y la tierra, que están simbolizadas por la bóveda y la base cuadrangular o rectangular, respectivamente. De ahí que la Masonería conciba el cosmos como una obra arquitectónica, y la divinidad, como el Gran Arquitecto del Universo, también llamado Espíritu de la Construcción Universal en otras tradiciones. 

Cerca de las catedrales en construcción se encontraban los talleres o logias, en los que se trazaban y diseñaban los planos, se repartían los cargos, se hablaba de los detalles de la obra, y en definitiva se celebraban los ritos y ceremonias de iniciación. Estos talleres eran auténticos centros de enseñanza tradicional donde, además de las técnicas del oficio, se impartían los conocimientos cosmogónicos. Realmente en los talleres masónicos se conjugaban el arte y la ciencia, la práctica y la teoría, siguiendo así el famoso adagio escolástico según el cual la "ciencia sin el arte no es nada". 

Cada Logia o taller estaba bajo la autoridad de un maestro arquitecto, que tenía a sus órdenes los oficiales compañeros (divididos en subgrados y funciones), que a su vez vigilaban y dirigían los trabajos de los aprendices. Esta estructura ternaria y jerarquizada de aprendiz, compañero y maestro se encuentra con los mismos o diferentes nombres unánimemente repartida en todas las organizaciones iniciáticas y esotéricas, pues dicha jerarquía expresa un modelo del proceso iniciático íntegro, que reproduce exactamente el desarrollo cosmogónico de las "tinieblas a la luz", del "caos al orden". 

Uno de los pocos testimonios que se han conservado de los diseños realizados por los masones operativos es el álbum del arquitecto francés Villard de Honnecourt, al cual pertenece también el trazado de un laberinto, que por su forma es idéntico al de todos los laberintos iniciáticos: una serie de repliegues concéntricos que conducen, después de un largo recorrido que comienza en la periferia, al centro mismo del laberinto, o punto de contacto con el eje vertical por donde se produce la comunicación con los estados superiores y la "salida" definitiva del cosmos, es decir de los limites determinados por el tiempo -y su devenir cíclico- y el espacio. 

Junto a los masones operativos encontramos a los sabios alquimistas y astrólogos, perfectos conocedores de las ciencias de la naturaleza aplicadas como símbolos vivos del proceso iniciático y regenerador. Ellos dotaron la catedral de numerosos símbolos basados en las correspondencias y analogías entre el macro y el microcosmos, el cielo y la tierra, la divinidad y el hombre, considerándose los legítimos herederos de la ciencia sagrada de Hermes Trismegisto. La "piedra bruta" que los masones pulían y tallaban con destino a la construcción, representaba, como ya hemos dicho, lo mismo que la "materia caótica" de los alquimistas: una imagen de la substancia plástica indiferenciada en la que están contenidas, en estado no desarrollado y potencial todas las posibilidades de manifestación de un mundo o de un ser. La piedra estaba viva, no era simple materia inerte, y al mismo tiempo su dureza y estabilidad simbolizaban la inmutabilidad y firmeza del Espíritu. En todo esto, un hecho no debe pasar inadvertido; los alquimistas tenían como santo patrón a Santiago el Mayor, el que junto a San Juan Evangelista (patrón de los masones) y San Pedro (fundador de la Iglesia), asistió a los misterios de la Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor. A partir de entonces un "lazo" fundamentado en un "Secreto" debía unir, por encima de las diferencias formales, a todos aquéllos que estaban bajo la protección de esos santos cristianos, una muestra de lo cual fueron las fraternales relaciones que se vivían durante las edificaciones de las iglesias-catedrales. Esa confraternidad entre alquimistas y masones debía perdurar aún hasta bien entrado el siglo XVIII. 

La libertad de movimiento de que gozaban los masones francos, facilitaría los intercambios de conocimientos con otros gremios artesanales, entre los que destaca el llamado Compañerazgo, que agrupaba diversos oficios (entre ellos los talladores de piedra y escultores), y que, al igual que los masones, tenían sus grados y secretos de iniciación. Asimismo, esos intercambios se dieron con las diversas órdenes monásticas y caballerescas. No hay que hacer, pues, un excesivo esfuerzo de imaginación para formarse una idea del clima espiritual que se respiraba en aquella fecunda y luminosa época. Aquí sí que habría que decir, sin temor a exagerar, que el saber no tenía fronteras. Y es más, la cordial convivencia habida entre las organizaciones iniciáticas y esotéricas, y aquéllas de carácter religioso y exotérico, testimoniaba el vigor y la salud de la tradición. 

Los caballeros templarios, esos monjes guerreros que eran también constructores y cuyas reglas fueron inspiradas por San Bernardo, mantenían bajo su protección numerosas logias masónicas. Y esto no debe pasar inadvertido, pues cuando esta organización del esoterismo cristiano desapareció como tal en circunstancias sangrientas (debido a la confabulación del siniestro rey francés Felipe el Hermoso y del Papa Clemente V), esas mismas logias, sobre todo las de Inglaterra y Escocia, acogieron en su seno a muchos de los templarios supervivientes, los cuales traían consigo ciertos conocimientos iniciáticos de su Orden que acabarían por integrarse definitivamente en la estructura simbólica y ritual de la Masonería. Digamos que de entre esas logias merece ser destacada la Gran Logia Real de Edimburgo, fundada por el rey Robert Bruce, que se opuso a aquella abolición combatiendo junto a los templarios. Resulta por lo menos significativo que la fecha de constitución de la Orden Real de Escocia sea la de 1314 (año en que se abolió el Temple), y que ésta tuviera como Logia Madre a la Orden Heredom de Kilwinning, algunos de cuyos rituales eran de inspiración templaria. Y esta palabra, heredom, significa "herencia", que no es otra que la recibida por los templarios. Desde luego no existen documentos escritos que atestigüen la realidad de esa herencia simbólica, aun siendo evidente que la hubo. Por tratarse de transferencias sagradas éstas tienen lugar primeramente en el plano estrictamente espiritual y metafísico, concretándose en el ámbito humano por mediación de individualidades (poco importa en este caso que sean conocidas o anónimas) que las realizan de manera efectiva. 

Un hilo sutil y luminoso une el mundo superior al inferior, y el inferior al superior, y el mantenimiento de esa comunicación es una de las principales funciones que siempre han tenido las organizaciones tradicionales e iniciáticas. Recordemos, en este sentido, que la palabra "tradición" procede del latín tradere, que significa "transmitir" -y por extensión herencia-, y transmisión de una verdad, volvemos a repetir, que se remonta a los orígenes mismos de la humanidad, y que todas las civilizaciones han considerado como la fuente de su saber y cultura. Esencialmente los templarios transmitieron a la Masonería la idea de la edificación del templo espiritual "que no es hecho por manos de hombre" según el mensaje evangélico. Dicha idea quedó plasmada con la creación de ciertos altos grados, complementarios a la maestría, de procedencia tempIaria. Uno de los más notables, por su riqueza simbólica, es el grado de Royal Arch del Rito Inglés de Emulación. 

La Orden del Temple (o del Templo), en su núcleo más interno era de esencia johánnica (lo mismo que la Masonería), pues se inspiraba en los misterios contenidos en el Evangelio y el Apocalipsis de San Juan. Asimismo los "Caballeros de Cristo" tenían como una de sus principales misiones la protección del Santo Sepulcro y el mantenimiento de las relaciones con la "Tierra Santa", es decir con el "Centro Supremo" o "Centro del Mundo". Con la desaparición del Temple, la Masonería tradicional (y aquí recalcamos lo de "tradicional"), al igual que la Orden hermética de la Rosa-Cruz, seguiría manteniendo para Occidente los vínculos con esa "Tierra Santa", también llamada en otras culturas "Tierra de los Inmortales" o "Tierra de los Bienaventurados". 

Durante el Renacimiento la misma ausencia de documentos escritos encontramos en las relaciones que mantuvo el hermetismo cristiano y alquímico con la Masonería. Gracias a la recuperación de la filosofía platónica impulsada en Italia por Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola, en esa época se asiste a un nuevo resurgimiento de la tradición y del saber hermético, en el que hay que incluir la Magia Natural y la Cábala cristiana. 

Libros como De Harmonia Mundi de Francesco Giorgi, La Cábala Denudata de J. Reuchlin, La Mónada Hieroglífica de John Dee, y la Filosofía Oculta de Cornelio Agripa, entre tantos otros, ejercieron una gran influencia en los círculos herméticos de toda Europa. En todo esto hay algo importante a señalar: debido a la confraternidad que se dio en el Medioevo entre las agrupaciones herméticas y los gremios de constructores, era perfectamente normal que en una época como el Renacimiento -en donde el soporte de una civilización tradicional estaba ya bastante debilitado- esos vínculos se fortalecieran con el fin de salvaguardar los valores de la tradición y la doctrina.

Llegamos así a la primera mitad del siglo XVII, donde asistimos al surgimiento del movimiento hermético-cristiano que se ha dado en llamar el "iluminismo rosacruz". Este movimiento, que concedía una importancia especial a la invocación de los nombres divinos hebreos y cristianos, así como a las analogías y correspondencias entre los tres mundos o planos de la manifestación universal, corporal, anímico y espiritual, debía ser decisivo para la gestación de la Masonería especulativa. Los rosacrucianos, entre los que se encontraban auténticos hombres de conocimiento de la talla de Robert Fludd, Michel Maier y Juan Valentín Andreae (autor de Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz), eran, por así decir, el brazo exterior y visible de la enigmática "Orden de la Rosa-Cruz", de la que tomaron el nombre. Esta sociedad hermética estaba compuesta por doce miembros (número primordial) que permanecieron siempre en el más completo anonimato, justificado por las condiciones, cada más vez más adversas, provocadas por el poder ejercido de forma autoritaria por la mayor parte de la nobleza y del dogmatismo inquisitorial. Este "Colegio Invisible de la Rosa-Cruz", como igualmente se le denominaba, heredó gracias a organizaciones filo-templarias como la Fede Santa a la que perteneció Dante, lo esencial de la simbólica del Temple. 
Durante los primeros años del siglo XVII el movimiento rosacruciano extendió las ideas herméticas por diversos Estados y Principados de centro Europa, especialmente en Bohemia y en el Alto y Bajo Palatinado, fomentando un floreciente pero breve período en que se intentó perpetuar la cultura tradicional de Occidente. Sin embargo, todo quedó truncado cuando el movimiento rosacruciano fue cruentamente disuelto -como en el caso de los templarios- durante la "guerra de los Treinta Años", acontecimiento éste que supuso que la "Orden de la Rosa-Cruz", inspiradora de ese movimiento, desapareciera de Europa buscando refugio en Asia.1 

Caben aquí destacar dos cosas; primera: el aspecto cruento que tomó la persecución de los templarios y los rosacrucianos, aspecto que ha sido una característica bastante frecuente en Occidente durante mucho tiempo, lo cual ha de entenderse, ante todo, como la expresión de un gesto verdaderamente sacrificial estrechamente ligado con los mitos solares, y que Cristo mismo ejemplificó con su pasión y muerte en la cruz. Asimismo, toda acción sacrificial conlleva una muerte ritual seguida de un renacimiento o resurrección (el sol repite este acto cada día cuando desaparece por Occidente y vuelve a aparecer por Oriente), lo que debe ser visualizado a diversos niveles de lectura, incluido el que se refiere al destino colectivo de todo un pueblo y al de las organizaciones iniciáticas y tradicionales. Segunda: la desaparición de los Rosa-Cruces ocurrió exactamente 333 años después de la destrucción de la Orden del Temple (1314-1647). 

Esta cifra, 333, es un número cíclico, pues la suma de sus dígitos da nueve, que es el símbolo numérico de la circunferencia, la que a su vez simboliza un ciclo completo y cerrado. Digamos, en este sentido, que el correcto conocimiento de la teoría de los ciclos es imprescindible para comprender el desarrollo histórico al que se circunscribe la vida de los pueblos y las civilizaciones, situando ese desarrollo en sus justas relaciones analógicas con los grandes ciclos cósmicos, relaciones que representan la expresión simbólica de dichos ciclos en el plano horizontal del mundo. Así, pues, con la "guerra de los Treinta Años" finaliza un ciclo y comienza otro: precisamente aquél que desembocaría en la era de subversión de los valores tradicionales y sagrados que constituye el mundo moderno. En efecto, con la desaparición de los Rosa-Cruces se acabaría de romper el lazo que unía Occidente al "Centro Supremo", es decir, a la Tradición Primordial de los orígenes. 

Siendo esto así, no obstante las cosas también pueden considerarse de otro modo, y atendiendo a lo que en este sentido dice un autor masón "... Asia no designa sino el Oriente, donde está situada desde siempre la Logia del masón''.2 Desde luego siendo verdad que el "Colegio Invisible de la Rosa-Cruz" se ocultara en el Oriente físico, ello no invalida de ninguna manera que también lo hiciera en el Oriente simbólico y espiritual. Volvemos a repetir que los acontecimientos históricos, como todas las cosas, son siempre simbólicos, manifestando a nivel sensible las realidades espirituales. El orden metafísico y el natural no se niegan sino que se complementan, coadyuvando de esta manera a la realización de la armonía universal, teniendo siempre en cuenta, eso sí, una preeminencia jerárquica del primero sobre el segundo, y no confundiéndolos. 

Al finalizar la guerra de los Treinta Años, y durante ella, muchos rosacrucianos abandonaron el continente instalándose en Inglaterra y Escocia, siguiendo el camino que tres siglos antes emprendieron los templarios, y buscando, como éstos, refugio en las logias de los "hermanos franc-masones". Ni qué decir que estas relaciones tuvieron sus consecuencias en el simbolismo y rituales masónicos, sobre todo en algunos símbolos y ritos donde se ve claramente la inspiración hermética y rosacruz. Por aquella época (siglo XVII) el carácter operativo de la Masonería prácticamente había desaparecido, y con él la pérdida de las técnicas rituálicas propias del oficio de constructor y los conocimientos simbólicos a ellas vinculados, los cuales quedaron en posesión de reducidos grupos masónicos que en vista de las condiciones adversas que se estaban presentando optaron por pasar al anonimato. Sin embargo, pensamos que esa pérdida quedó compensada en parte por la influencia revitalizadora que la Masonería estaba recibiendo de las diversas sociedades herméticas y de algunas de las órdenes de caballería iniciática que perduraban, o se fueron creando, desde el final del Medioevo El simbolismo arquitectónico ligado a los misterios de la cosmogonía seguiría vigente, pues constituye la seña de identidad de la tradición masónica; pero a partir de entonces ese simbolismo ya sólo se aplicaría en la edificación del templo interior. Es decir, que había casi desaparecido la "forma", pero no el espíritu, el núcleo, la esencia. 

Es cierto, por otro lado, que la admisión indiscriminada de personas que no tenían, ni les interesaban, los más mínimos conocimientos sobre qué era verdaderamente el simbolismo y la iniciación, fue creando paralelamente las condiciones que conllevaron a la gestación de una Masonería privada de su dimensión espiritual, que es ciertamente la que conocen la gran mayoría de nuestros contemporáneos. Todo y así, durante el siglo XVIII y principios del XIX, todas aquellas influencias tradicionales que se recibieron durante años fueron realmente decisivas para la estructuración definitiva de los "sistemas" o Ritos más importantes de la Masonería especulativa, y entre los que destacan por su carácter tradicional, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el Rito Escocés Rectificado y el Rito de Emulación. 

Este breve recorrido por el tiempo nos ha permitido comprobar cómo la Masonería ha intervenido en los hechos más significativos de la historia de Occidente, ayudando a tejer (muchas veces de forma pasiva y receptiva, es verdad, pero así tenía que ser por razones que se nos escapan) la trama sutil de la misma durante los últimos setecientos años. 


Síntesis simbólica de la Orden. Símbolos y Ritos.

Como tradición sagrada que es, la riqueza simbólica de la Masonería promueve en el hombre la búsqueda del conocimiento de sí mismo, a la par que le ofrece los medios y los métodos para acceder a él, los cuales fundamentalmente se expresan como una didáctica que facilita el despertar de la conciencia, a la que restituye el recuerdo de su dimensión universal. Esta enseñanza se clasifica de; la siguiente manera en: a) símbolos visuales y gráficos; b) símbolos sonoros y vocales; y c) símbolos gestuales o ritos. 
Entre los primeros se encuentran los de diseño geométrico, cuya diversificación es bien extensa, y de hecho a la Masonería se la suele identificar con la misma geometría, palabra derivada de Gea (tierra) y metrón (medida), es decir "medida de la tierra", lo que desde luego se relaciona con el oficio de constructor (y de agrimensor) en cuanto que éste delimita un espacio con el fin de realizar una obra arquitectónica. Entre los símbolos gráficos y visuales destacaremos el llamado "cuadro de la Logia" que es ya de por sí una síntesis simbólica de la Logia, y que de alguna manera resume la enseñanza iniciática contenida en cada uno de los tres primeros grados masónicos. Como todo símbolo que alude a las ideas de "encuadre" o "enmarque", el cuadro de la Logia protege una serie de elementos de carácter sagrado destinados a la meditación y contemplación. En esto es semejante a los mandalas o yantras de las tradiciones hindú y budista, modelos simbólicos que diseñan una imagen geométrica del universo. Son, por tanto, verdaderos soportes de meditación adecuados para generar en el hombre una visión y un conocimiento de su propia estructura interior, reflejada en la estructura del mundo. Hemos dicho que cada uno de los cuadros de Logia resume o sintetiza la enseñanza del grado al que pertenece, y esto es cierto en la medida en que en él se encuentran los símbolos visuales y gráficos más significativos e importantes. Se trata de las propias herramientas como son el mazo y el cincel, el nivel y la plomada, la regla de veinticuatro divisiones, el compás y la escuadra. También hallamos el símbolo de la Delta, la estrella pentagramática, el sol y la luna, la piedra bruta, la piedra cúbica y la piedra cúbica en punta, el pavimento mosaico, el frontispicio del templo con las dos columnas Jakin y Boaz destacadas a uno y otro lado de la puerta de entrada a la Logia, etc. De alguno de estos símbolos trataremos. 

Entre el segundo grupo de símbolos, los sonoros y vocales, encontramos las "palabras sagradas" y las "palabras de paso" (todas de origen hebreo y cristiano) y las leyendas de los distintos grados iniciáticos. Las palabras sagradas se relacionan directamente con lo que en Masonería se llama la "búsqueda de la Palabra perdida", que constituye el verdadero Nombre del Dios inefable, y cuya reconstitución equivale a "reunir lo disperso", es decir armonizar los distintos elementos del ser en la unidad de su principio divino o supraindividual. Todas las "palabras sagradas" que se dan desde el primero hasta el último grado, podrían visualizarse como una escala ordenada y jerarquizada que conduce a la "Palabra de Vida", que no es otra que el verbo interior luminoso y regenerativo propiciador del nacimiento espiritual. En este sentido la vocalización de las palabras sagradas en la Masonería recuerda, en ciertos aspectos, las técnicas de pronunciación de los mantras, en uso entre las tradiciones hindú y budista. Como se ha repetido en diversas ocasiones, los mantras son sílabas y palabras de poder, generadoras de vibraciones sutiles que confieren la iluminación iniciática al transmitir la potencia del verbo divino inmanente en la propia realidad de la vida cósmica y humana. Las "palabras de paso" están estrechamente vinculadas a las "palabras sagradas". Como su propia definición indica las palabras de paso aluden al simbolismo de pasaje o de tránsito, es decir que contienen una clave (o llave) que abre la puerta a un espacio y tiempo interior sagrado y cualitativo. Hemos de decir que cada una de las palabras y letras de las lenguas sagradas tienen su propio valor numérico, y todo junto, palabras y números, conforman la "ciencia de los nombres", de por sí un código simbólico que expresa las diferentes lecturas de la realidad en los distintos niveles y planos en que se manifiesta. En cuanto a las leyendas de los grados hay que ver en ellas como una especie de historia sagrada de la Masonería que permanentemente restituye el recuerdo y la memoria del tiempo mítico de los orígenes. Son relatos ejemplares, modelos a seguir por el iniciado y a través de los cuales éste se identifica con las hazañas y vivencias de sus antepasados, reactualizándolas en el tiempo presente, que de esta manera adquiere su verdadera cualidad. 

Y el tercer grupo de símbolos alude, como se ha dicho, a los ritos. Y esta palabra, "rito", es idéntica fonética y etimológicamente al sánscrito rita, que significa orden. El rito sería, pues, la repetición de un gesto o acto ordenado. En realidad el rito iniciático (también religioso) es el símbolo mismo en acción ejecutado conforme a una idea o arquetipo, y a su vez el símbolo es la fijación de un rito primordial, tal cual el "gesto" del Gran Arquitecto creando el mundo. Si el trabajo con los símbolos gráficos y geométricos se basa fundamentalmente en la concentración y en los estudios de carácter intelectual, los ritos son una serie de gestos y posturas corporales que "fijan" en el plano psicosomático del ser la energía-fuerza que precisamente el símbolo geométrico vehicula. Estos gestos rituales masónicos son semejantes a los mudras hindúes y budistas, que a través de ciertas posturas y gestos manuales describen un lenguaje sagrado articulado por una cadencia rítmica que es en sí una "música visual". Esta misma relación símbolo-rito se puede extender también a los propiamente sonoros y vocales; todo ello expresa una unidad de pensamiento y acción que debe encarnarse en la realidad cotidiana y diaria, pues obviamente de nada serviría meditar en la energía salutífera del símbolos después ésta no se lleva a la práctica de una manera ordenada y consciente. Asimismo, el rito se cumple y desarrolla tanto en el tiempo como en el espacio; en el tiempo porque los trabajos masónicos se realizan desde mediodía en punto (cénit solar) hasta medianoche en punto (cénit polar); y en el espacio porque dichos trabajos se hacen siguiendo la dirección de los cuatro puntos cardinales, es decir de Oriente a Occidente y de Mediodía a Septentrión. En todo esto se reconoce una estructura circular y cruciforme que abarca conjuntamente el orden del macrocosmos y del microcosmos, religados ambos por la recreación de un gesto o rito común. 

Ahora bien, estas tres categorías de símbolos masónicos (que por cierto se encuentran en todas las tradiciones) están ordenadas por la ley cualitativa del número, ya que tanto si se diseña una figura geométrica, se vocaliza un nombre divino, o se ejecuta un gesto ritual, no se está sino manifestando un ritmo interior que al exteriorizarse y plasmarse en la realidad concreta de las cosas, toma necesariamente una estructura numérica. A este respecto, dice José de Maistre en su libro Las veladas de San Petersburgo: "El Creador nos ha dado el número, y por el número es como se nos manifiesta, así como por el número el hombre se evidencia a su semejante; quitad el número y quitaréis las artes, las ciencias, la palabra y por consiguiente la inteligencia. Volvedle, y reaparecerán con él sus dos hijas celestiales, la armonía y la hermosura: el grito se convertirá en canto; el estrépito, en música; el salto, en danza; la fuerza se llamará dinámica, y los rasgos, figuras". 

En primer lugar prestemos atención al sentido etimológico de la palabra Logia: ésta deriva de Logos, que es el Verbo o Palabra, que emitida en el mundo lo rescata de las tinieblas y el caos, creando así la posibilidad de la manifestación y del orden universal. Igualmente, "Logia", si no etimológicamente sí en cuanto a su sentido simbólico, es idéntica a la palabra sánscrita loka, que quiere decir "mundo", "lugar", y por extensión "cosmos". Por otro lado, también se da una identidad entre Logia, Logos y el griego lyke, que significa "luz".

Aquí tenemos, resumido, lo que distingue ante todo la Logia masónica: un espacio iluminado, pero iluminado interiormente gracias a la influencia espiritual transmitida por la iniciación. De ahí que la Logia se asimile a la "caverna iniciática", término que se utiliza en diversas tradiciones para designar lo más central y oculto del cosmos su corazón mismo. Como la caverna iniciática, o el athanor hermético, la Logia permanece protegida y a cubierto del mundo profano y de las "tinieblas exteriores"; que jamás penetrarán en ella porque en realidad se encuentra situada en otro plano. Expliquémonos, no se trata de un "lugar" en sentido literal, sino más bien de la conciencia interna donde habita el misterio del alma humana. Evidentemente existe una Logia concreta y física, que puede estar situada en cualquier calle de cualquier ciudad de cualquier nación, y que puede cambiar de ubicación tantas veces como se quiera. Lo importante es que el templo exterior simboliza con imágenes mnemotécnicas y evocadoras nuestro propio espacio y tiempo interior. Más allá de las apariencias debe penetrarse en lo que éstas velan y ocultan, pues de lo que realmente se trata es de conocer el "Templo que no está hecho por manos de hombre", según dijimos anteriormente. 
La forma de la Logia es la de un cuadrado largo o rectángulo, cuya longitud es el doble de su anchura. En la tridimensión sería un paralelepípedo, figura geométrica que para Platón daba las proporciones y relaciones armónicas del universo. En efecto, en la Logia masónica se dan una multitud de correspondencias simbólicas que tejen un conjunto perfectamente tramado donde es posible percibir la armonía del mundo. Nada en este templo es superfluo ni ha sido puesto al azar, y cada símbolo allí presente, cada palabra o gesto emitido, está reflejando un matiz particular de esa armonía. Señalemos que el diseño de la Logia masónica parte de la idea directriz marcada por el "número de oro" o "divina proporción", regla que era utilizada por los arquitectos medioevales. Este número determina a partir de un punto central que se expande en un movimiento logarítmico, las proporciones armónicas presentes en todos los organismos vivos, ya se trate, por ejemplo, de la estructura corporal del hombre, de una flor, del caracol, de la estrella de mar o de las espirales galácticas. Para los pitagóricos, el "número de oro" manifiesta la inteligencia creadora de la Mónada o Unidad, el Hieros Logos, o Gran Arquitecto, en su acción, o gesto, sobre la materia caótica, plasmándose en ella las ideas de simetría y orden, equilibrio y belleza. 

Por todo esto la Logia masónica sintetiza la totalidad de la vida universal, del cosmos manifestado, hasta ser como la transfiguración cualitativa de éste. Es, pues, una imagen del mundo, una Imago Mundi, un prototipo del mismo, reducido a su forma esencial. En este sentido, podría aplicarse a la Logia masónica aquella frase inscrita en el templo de Ramsés II: "Este templo es como el cielo en cada una de sus dimensiones y proporciones". Por otro lado, la estructura alargada de la Logia permite seguir el curso diurno del sol, el astro que ilumina la tierra partiendo de Oriente hacia Occidente pasando por el Mediodía o Sur. Por todo ello, y al ser como una imagen simbólica del universo, la Logia está ordenada por las direcciones del espacio, que surgidas simultáneamente por la irradiación de un punto central (el "Corazón del Mundo") genera un sistema de coordenadas donde lo alto, lo bajo, lo largo y lo ancho conforman la cruz de tres dimensiones, otro esquema simbólico del cosmos. 

De todo ello se deriva una geometría espiritual bien conocida por los masones operativos, aplicándola en la orientación y disposición de los edificios sagrados, que de esta manera eran penetrados por los efluvios y las fuerzas mágicas de la naturaleza y el cosmos. Desde el espacio íntimo y oculto de la gruta o caverna donde nuestros antepasados prehistóricos oficiaban sus ritos y cultos sagrados, pasando por la choza o tienda ritual de los pueblos nómadas y los templos construidos de madera, hasta, en fin, los monasterios y catedrales, una larga cadena tradicional ha ido dando testimonio de esa voluntad del hombre por encuadrar y delimitar determinados espacios "cargándolos" de significado espiritual, de modo que reflejaran en la tierra el orden mismo del cielo.

Continuando con la descripción de la Logia, observamos que en el Oriente se añade el Debir, que en el Templo de Jesuralem o de Salomón simbolizaba el Sancta-sanctorum o "Santo de los santos". El Debir tiene forma de hemiciclo, idéntico al ábside semicircular de las iglesias y catedrales cristianas, lo mismo que el mihrab de las mezquitas musulmanas. Dicho hemiciclo es la proyección en el plano horizontal terrestre de la cúpula o bóveda del cielo. Todo el espacio restante de la Logia que va desde la puerta de entrada hasta donde comienza el Debir se denomina Hikal, que era el Sanctum o "Santo" en el mismo Templo de Jerusalén. El Hikal está separado del Debir por tres peldaños o gradas, que aluden a los tres grados iniciáticos de aprendiz, compañero y maestro. Así, pues, estos tres peldaños se refieren a la idea de elevación gradual y jerarquizada a otros planos o niveles superiores de realidad. En efecto, en el "Santo de los santos" se depositaba lo más sagrado del pueblo de Israel: el "Arca de la Alianza", pequeño receptáculo, en sí mismo un modelo del cosmos, que "contenía" los efluvios y bendiciones emanados de la divinidad. Del "Arca de la Alianza", como centro simbólico del mundo, se esparcían las bendiciones en todas las direcciones del espacio, comunicándose más allá de los muros y paredes del templo, hasta la ciudad y el universo entero. 
En el lugar que aproximadamente correspondería al "Arca de la Alianza" está situado el Altar o Ara, corazón de la Logia donde incide el eje vertical que comunica el cielo con la tierra. También se llama "Altar de los juramentos", porque sobre él se realizan los compromisos y "alianzas" que el masón contrae con la organización iniciática. No en vano, encima del Altar se encuentra la Biblia, o Libro de la Ley Sagrada, abierta por los versículos del libro de los Reyes o bien de las Crónicas, en los que se mencionan la edificación y las medidas exactas del Templo de Jerusalén, aunque también se abre por el prólogo del Evangelio de San Juan, que comienza con las palabras: "En el Principio era el Verbo...". 

Los versículos del Antiguo y del Nuevo Testamento se refieren, pues, a la construcción del templo material y del templo espiritual, respectivamente; el primero como reflejo o símbolo del segundo, pues existe antes que el propio mundo, y en él residen eternamente la sabiduría y la inteligencia del Sumo Hacedor. Encima de la Biblia se depositan el compás y la escuadra, los dos emblemas masónicos por excelencia. Éstas son las herramientas o útiles que simbolizan el cielo y la tierra. Con el compás se traza el círculo o circunferencia, figura geométrica que en todas las tradiciones es considerada como una imagen del cielo y de lo celeste. Con la escuadra se traza el cuadrado, o bien la cruz (que se forma por la unión de dos escuadras unidas por sus vértices respectivos), inseparables de la idea de cuaternario; así: los cuatro elementos, los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones, los cuatro períodos cíclicos de la humanidad, las cuatro fases de la luna, los cuatro períodos de la vida humana, etc., es decir todo lo relacionado con la tierra y lo terrestre. El compás como "ciencia del cielo" y la escuadra como "ciencia de la tierra", sintetizan los misterios de la cosmogonía, que son también los misterios del hombre comprendido en su totalidad. En un grabado hermético atribuido a Basilio Valentino aparece la figura del rebis o andrógino (unión de las energías contrarias en una sola naturaleza o substancia) con un compás en su mano derecha y una escuadra en la izquierda, simbolizando así la unión del cielo y de la tierra. Esta misma representación iconográfica aparece en un grabado chino donde se ve la figura andrógina del emperador Fo-Hi y su hermana Niu-Kua, lo cual viene a confirmar la universalidad de estos dos símbolos. La unión entre lo superior y lo inferior, entre el cielo y la tierra, se representa en la Masonería por la superposición y entrelazamiento del compás y la escuadra, el primero con el vértice hacia arriba y la segunda hacia abajo, semejando la "estrella de David" o "sello de Salomón". Esta complementariedad, que sin embargo mantiene un orden jerárquico, está señalada por la fórmula hermética de que "... lo de arriba (el macrocosmos) es como lo de abajo (el microcosmos) y lo de abajo como lo de arriba". Si la Biblia, como libro sagrado, recoge la revelación de la Palabra, el compás y la escuadra son las herramientas que sirven para aplicar el contenido espiritual de esa revelación en el orden de la arquitectura. Biblia, compás y escuadra son las "Tres Grandes Luces" de la Masonería, porque en el estudio, en la meditación y en el uso ritual que de ellas se hace se va iluminando el sendero que conduce al Conocimiento. 

Siguiendo todavía en Oriente, sobre la pared del fondo encontramos la Delta luminosa con el Tetragrama o nombre inefable de Dios en el centro. Esta Delta es un triángulo con el vértice hacia arriba, figura que expresa la realidad de los principios universales, a la vez que es la primera estructura arquetípica que se expresa en todos los planos de la manifestación como una fuerza que crea, otra que conserva y una tercera que destruye, o mejor, transforma. Estas tres ideas-fuerza surgen de la unidad primordial que queda simbolizada en la Delta por un solo ojo que a veces sustituye al Tetragrama, pero que viene a referirse al mismo sentido de presencia inmutable de la deidad en el seno mismo de la manifestación. Además, la manifestación, desde su realidad más sutil hasta la más densa y material, está simbolizada por las cuatro letras que componen el Tetragrama: IOD, HE, VAU, HE, correspondiéndose cada una de ellas con los cuatro niveles o mundos que constituyen la existencia universal, y que son los mismos que se encuentran en el Arbol de la Vida cabalístico. En este nombre divino queda, pues, resumida la obra de la creación en su conjunto, y su conocimiento se vincula directamente con la búsqueda de la "Palabra Perdida". 

Pero el templo, y en este caso la Logia masónica, no es sólo una estructura estática -como tampoco lo es el universo- sino dinámica también, pudiendo ser visualizada ésta como una rueda, imagen de la "rueda del cosmos" o Rota Mundi. Esto está expresamente indicado por las doce columnas o pilares que enmarcan el recinto de la Logia, y que equivalen a los doce signos zodiacales. Cinco de estas columnas están situadas a Septentrión, cinco más a Mediodía, y las dos restantes (las columnas Jakin y Boaz) a Occidente, justo en el pórtico de la entrada. Diremos que el zodíaco (que quiere decir precisamente "rueda de la vida") es como el marco del universo visible, y su movimiento cíclico, unido al de los planetas y demás constelaciones, influye en el cambio alternativo de las estaciones y en el mantenimiento y renovación de la vida del cosmos y del hombre. De esto se deduce que la Masonería no desconoce la antigua ciencia de la astrología, que junto a la alquimia revela también los misterios del cielo y de la tierra. 

Las columnas Jakin y Boaz se vinculan con la simbólica de los dos solsticios, y por tanto con las dos fases ascendente-descendente del ciclo anual. Ellas se asimilan, pues, a los dos San Juan, el Bautista y el Evangelista, y en consecuencia a la "puerta de los hombres" y la "puerta de los dioses", respectivamente. Éstas son las puertas zodiacales de Cáncer y Capricornio, que corresponden a la entrada del verano y del invierno, es decir el descenso y el ascenso de la luz solar. Las puertas solsticiales cumplen un papel muy importante dentro del proceso iniciático, que, no debe olvidarse, reproduce exactamente las etapas del desarrollo cosmogónico. Para los pitagóricos, por la puerta de Cáncer las almas penetran en el "antro de las ninfas", que es lo mismo que la caverna platónica, otra imagen del mundo. Allí se regeneran por el conocimiento de los "pequeños misterios". Por la puerta de los dioses estas almas salen del cosmos para participar de los "grandes misterios". Es decir, que el alma humana "... entra al mundo por una puerta y sale por otra, y en el ínterin -signado por el espacio y el tiempo- tiene la oportunidad de reconocerse y escapar de esa condición por la identificación con otros estados del ser universal, que puede vivenciar por medio de la conciencia individual -semejante a la conciencia universal- y que constituyen la posibilidad de la regeneración particular -y también de la universal-, siempre, claro está, tomando como soporte la generación y la creación en el espacio y el tiempo".3 Estos dos procesos son idénticos a los realizados por Cristo, cuyo nacimiento, pasión, muerte y resurrección, representan un arquetipo de la iniciación. Este mismo proceso puede verse también en la mitología de gran número de héroes y dioses solares, como es el caso de Osiris, Quetzalcóatl, Mitra y el propio arquitecto Hiram. En relación con la vida de Cristo es interesante señalar el dato, sin duda no casual, de que las iniciales de las columnas Boaz y Jakin son también las iniciales de Belén y Jerusalén, las dos ciudades que presiden el nacimiento y la muerte del Salvador, es decir el ciclo completo de su existencia humana.

En el centro de la Logia se extiende el "pavimento mosaico", tapiz de cuadros blancos y negros exactamente igual que el tablero de ajedrez, cuyos orígenes son también simbólicos como el de la mayoría de los juegos. El "pavimento mosaico" es, sin duda, un símbolo de la manifestación que, efectivamente está determinada por la lucha y delicado equilibrio que entre sí sostienen las energías positivas, masculinas y centrífugas (yang, luminosas) y las energías negativas, femeninas y centrípetas (yin, oscuras), expresadas también en la alternancia de los ritmos y ciclos vitales y cósmicos. En este sentido, es alrededor del pavimento mosaico por donde se efectúan las circunvalaciones rituales que los masones realizan en Logia, siguiendo así un orden marcado por los cuatro puntos cardinales, las direcciones del espacio. 
Y por último, mencionar que en medio mismo del pavimento mosaico se dispone el "cuadro de la Logia", que antiguamente era dibujado en el suelo al comenzar los trabajos, y borrado cuando esos trabajos finalizaban. Ya hemos dicho que este cuadro es un esquema sintético de todo el templo masónico, además de constituir un soporte simbólico para la meditación y la concentración. En efecto, el cuadro de la Logia, al contener en su interior el diseño de los símbolos más significativos e importantes, deviene por ello un vehículo de la influencia espiritual en la Masonería. No es entonces casual que sea precisamente alrededor de este cuadro (que es el punto geométrico más central del templo masónico) donde tiene lugar el rito de la "cadena de unión", en el que se invoca la potencia creadora e iluminadora del Gran Arquitecto, e implícitamente también la de todos los antepasados míticos e históricos que contribuyeron en la edificación del templo material y espiritual. Y esta invocación vertical se realiza mediante la unión encadenada y fraterna de todas las fuerzas vivas presentes en la Logia, es decir de todos los "hermanos", que establecen así una comunicación sutil entre sus respectivas individualidades, sirviendo como soporte para la manifestación de la influencia sagrada. 

Y por último mencionar que alrededor del "pavimento de mosaico" y del "cuadro de la Logia" se encuentran los tres pilares de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Estos pilares también reciben el nombre de "tres pequeñas luces", porque encima de cada una de ellas arde una pequeña vela; son pues columnas de luz y de fuego, tres nombres del Arquitecto directamente relacionados con la construcción del templo y del cosmos. 

Pero no quisiéramos terminar sin ofrecer un texto de las Lecturas del Rito de Emulación que resume bellamente todo lo que hasta aquí hemos dicho sobre el templo masónico: "Permitidme atraer vuestra atención sobre la forma de la Logia, la cual es un paralelepípedo que se extiende de Este a Oeste, en anchura entre el Norte y el Sur y en altura desde la superficie de la tierra hasta su centro, e incluso a tanta altura como los cielos. "Una Logia de masones se describe así para mostrar la universalidad de la Ciencia y enseñarnos que la caridad de un masón no debe conocer más límites que los de la prudencia. "Nuestras Logias deben estar orientadas de Este a Oeste, porque todos los Templos dedicados a la adoración divina, como las Logias de los masones están o deben estar así orientadas. "El Universo es el Templo del Dios que servimos. La Sabiduría, la Fuerza y la Belleza sostienen su Trono como pilares de su obra, porque su Sabiduría es infinita, su Fuerza omnipotente y su Belleza resplandece en el orden y la simetría del conjunto de la Creación. Él extendió los cielos al infinito, como un vasto baldaquino; dispuso la tierra como una tarima, coronó su templo con las estrellas como una diadema y de su mano irradian la potencia y la gloria. El sol y la luna son los mensajeros de su voluntad y toda su ley es la concordia [el Amor]". 

Fuente:  http://hermetismoymasoneria.com/s1frar.htm



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